Sobre Tres muertos, de Manuel Machuca

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Como cada vez que publico en esta web, más que hacer una reseña bajo parámetros académicos adecuados, mi intención es destacar con sencillez algo que creo que merece ser leído. Tres muertos (Ediciones de la isla Siltolá), de Manuel Machuca, es una novela honesta, meritoria en su ejecución y escrita con una calidad literaria que, en nuestro sur, cada vez se echa más en falta. Lejos de los temas locales ya manidos, de soporíferos tostones históricos y del pretendido humor simplón que llena los anaqueles de quienes se pretenden lectores.
Una novela en la que tres monólogos se enlazan con los tres muertos del título, donde a partir de tres hondos personajes, Manuel Machuca logra destilar un siglo de historia sin maltratar al lector, respetándolo y sin aleccionar. En ocasiones, algunos novelistas olvidan que existen los historiadores y la historiografía. Sin embargo, una buena novela es, para un servidor, la que, como Tres muertos, a partir de historias aparentemente sencillas logra describir una sociedad entera. Todo ello, con detalles de gran carga simbólica que consiguen explicar un universo oculto, detalles que dotan de carne a sus tres protagonistas, pero sin perderse en disquisiciones cargantes, descripciones sin final o diálogos vacíos.
Tres muertos, como ya he avanzado, se divide en tres partes que corresponden con tres monólogos de tres miembros de una misma familia, aunque de generaciones distintas. Cada lector tendrá su favorito, no obstante, no me pronunciaré a fin de no condicionar a nadie, pero tengo muy claro el mío. Incidiendo en los discursos de cada protagonista, el autor, con una prosa fluida que guarda tras de sí un trabajo admirable, consigue dotar de carne a sus personajes, de vida vivida más allá de las páginas. Sabemos de ellos lo que nos dicen, pero también lo que les intuimos de fondo. Y este es, en mi opinión, el gran logro de Manuel Machuca: crear un fondo, una urdimbre de vidas enlazadas, que van más allá de lo propiamente escrito.
¿Qué le diríamos a un muerto? ¿Qué les decimos a diario a aquellos que se nos fueron para siempre? Seguramente muchas cosas, pero escribirlo con calidad es un acto de enorme dificultad que nos remite, irremediablemente, a Delibes. El monólogo requiere de un oficio que no muchos son capaces de mostrar. Manuel Machuca, sí lo hace.
Tengo la enorme suerte de ser amigo del autor, cuya anterior novela (Tres mil viajes al sur. Anantes Gestoría Cultural) me hizo querer pegarme a su literatura para disfrutar y aprender de ella. Con Tres muertos he seguido aprendiendo y disfrutando. Y, aunque él diga que «La verdad se entierra con los muertos», quisiera decir la que para mí es una verdad, y es que ya quisieran haber escrito algo parecido los últimos autores premiados con prestigiosos galardones que ya solo sirven para engordar la nómina de un país corrompido por la duda. Yo acuso, que diría Zola, a un mundo editorial donde toda noción de arte se ha perdido. Al menos, aún tenemos a las independientes como forma de resistencia; o aquellas que, con profundo criterio estético, como es el caso de la isla Siltolá, apuestan por obras de calidad más allá de las previsiones de ventas o el número de seguidores que un autor tenga en Instagram. No todo lo que se escribe en Sevilla ha de oler a incienso y naftalina.
Lean Tres muertos, léanla. Una novela sobre cómo el perdón se aleja de una noción religiosa que apenas lo convierte en fórmula sin fondo. Un texto donde la angustia del ser y las contradicciones alejan al texto del simplismo maniqueo que hoy nos acorrala. No hay buenos ni malos, solo carne humana, preocupaciones sin fin. Pues como dice el filósofo Javier San Martín: «la preocupación es la entraña de la vida humana», y Manuel Machuca ha sabido reflejar esas entrañas que, sin lugar a duda, son las nuestras.

Isaac Páez
julio 2019

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Sobre “Lejos del Champagne” de Carlos Torrero

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Ahora que arde Notre Dame y la estupidez se aviva siempre más rápido que el fuego, la catástrofe me servirá como arranque para este escrito acerca del magnífico libro de Carlos Torrero (Cuenca, 1979), Lejos del Champagne, editado por Sloper.

Símbolo, icono o emblema. Hay quienes no sabe distinguir un arbotante de un rosetón, pero sí que aciertan a etiquetar los pilares de nuestra civilización, si es que la civilización existe aún. Ese estar lejos del Champagne es ver cine francés por el simple hecho de su origen, idolatrar a Modiano y a Le Clézio tras haberlos utilizado como somníferos, hablar de vinos y beber Pepsi en la intimidad o defender la enseñanza pública y pedir un préstamo para matricular a tu prole en el colegio francés. El Champagne del que habla Torrero es esa especie de capital simbólico que conforma todo el pseudointelectualismo o pedantería que viene allende los Pirineos. Y es que no es lo mismo llamarse Gustavo que Gustave.

En Francia hay grandes genios y seguramente tengamos mucho que aprender de ellos, pero ni Amélie ni los cruceros por el Sena ni su himno sanguinario son el camino. Jacques Brel era belga, qué cojones. Céline antes que Proust, que alguien tiene que decirlo. El autor lo expone a la perfección con su frase: Huyo de la gente que sueña con regentar una creperie en la Costa Azul. Y es que el Champagne y Francia constituyen esa pretendida e idealizada idea de la felicidad como algo que todos tenemos el derecho (y hasta el deber totalitario) a conseguir. La mentira como eje de los días, un horizonte que se aleja cada vez más conforme caminamos. Contra todo esto surge la resistencia de la cultura, que no es leer a Elvira Sastre y poner colores a las emociones mientras realizamos un curso de coaching. La cultura de resistencia la define Torrero, con precisión de cirujano, en estas líneas: desconfía del hombre que te quiera llevar a París. Quédate con el que sea capaz de advertir belleza en Getafe.

Lejos del Champagne es tal vez un libro de relatos, tal vez una novela fragmentaria sobre esa distopía gala o, quizás, narración pura y dura donde destila toda la ansiedad por llegar a una insípida felicidad que hemos mamado desde la cuna. Una felicidad servil e instrumento del poder que debemos rechazar gracias a la ayuda de obras como esta. Y es que Torrero, como el gran Thoreau, se me antoja como un buen vecino pero un mal ciudadano, y esa desobediencia literaria suya es todo un gesto de honradez y compromiso contra la pedantería del mercado.

Así pues, con el incendio de Notre Dame no ha ardido la cultura, sino la impostada idea de cultura, esa que se deja ahogar en el mediterráneo mientras reza por la piedra para seguir mañana su colaboracionismo…y ser feliz.

Sobre “Hogares de paso” de José Manuel Soriano Degracia

 

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Hogares de paso (Prensas de la Universidad de Zaragoza) de José Manuel Soriano Degracia (Alcañiz, 1972) alberga, desde su propio título, una llamada a la reflexión sobre el camino. Aparentemente, podríamos pensar en un inventario de lugares destilados a través de la voz de la experiencia, tan manida ya en la poesía española. A diferencia de esto, Soriano se introduce en la tradición esencial de la poesía, en el hallazgo de la capacidad negativa de las cosas, en el paso del tiempo y la contemplación de la naturaleza; reivindicando aquello que tan bien defendió Antoine Compagnon en su ensayo Los antimodernos, pues es la actitud del dandi retirado de las modas la que salva a nuestra poesía. No estaría de más hacer una antilista de La mejor poesía de nuestros días, y en ella, sin duda, más allá de esos sujetos líderes en ventas con nombres de superhéroes o medicamentos contra los gases, estaría en un lugar preferencial José Manuel Soriano Degracia.

La construcción “de paso” del título, más que hacer una vocación al tránsito por diferentes “hogares” viene a ser una referencia al trayecto en sí mismo. Así, el hogar del poeta es el camino, de ahí que la palabra “huella” tenga un lugar especial en el poemario, pues la huella es a la tierra lo que la cicatriz a la piel o el dolor a la memoria. A este lugar/ donde el instante es camino,/ donde las huellas/ no pudieron más/que adueñarse/ para siempre de mis pasos. El poeta sabe de la existencia del camino a través de la contemplación de sus huellas, y esa meditación sobre lo que quedó atrás (y lo porvenir) es el camino. En palabras del poeta: Pensar es leer huellas/ para escribir el tiempo. Y como una suerte de Odiseo que, en su fuero interno, duda de la existencia del regreso, el poeta avanza deshaciendo el camino con la duda metódica por nave: Un día volveré, estoy seguro/ y todo será igual de tan distinto. El ritmo cuidado y las imágenes son otro gran logro de José Manuel Soriano, además de su hondura conceptual. Poemas como Padre, Rabia o Lejos son un ejemplo de lo que ahora refiero, y versos como Las nubes siguen dibujando/ el alma del que las mira ejemplifican esa capacidad de Soriano para hallar el negativo de las mismas imágenes que crea.

No podría dejar de recomendar este libro a todos aquellos que preguntan dónde se encuentran ahora los poetas. José Manuel Soriano Degracia es la rebelión de la poesía que no conoce mercadeo, la poesía escrita desde la reflexión y para reflexionar, la rebelión de un poeta que se detiene a observar y a deliberar con las palabras con la digna pretensión de comprender el camino, pues como él mismo nos dice: No quiero volver a ningún lugar, sólo quiero volver a lo que allí sentí.
Isaac Páez. Enero 2019

Todos somos todos. Obra de Miguel Ángel Rosa

Hay un mapa genético cuarteado, y en sus pliegues hallamos fallas de luz donde encontrarnos. Leyendo la fotografía de Miguel Ángel Rosa, y digo leer por la estructura narrativa (o más bien de prosa poética) que destila esta obra fotográfica, uno comienza el viaje más largo que según el proverbio puede realizarse: el viaje hacía sí mismo.

Una suerte de prólogo alude al fruto, al origen, a ese vientre de nuez de Rulfo que decía esto prueba lo que te demuestra, y se abre así el camino del viaje a la inversa, del viaje celiniano hacia el fin de la noche.

Los jóvenes tienen la virtud de no tener pasado aparente, pero la piel tersa es la puerta que conduce a paisajes desolados, páramos donde el odio cainita ha quedado grabado en un sordo rumor que grita desde siempre. Todo se va haciendo más viejo, en contraste con instantes comunes vistos en los álbumes familiares, de hecho, la composición a modo de álbum familiar no es azarosa en este caso.

No entraré aquí en técnicas fotográficas que desconozco, sino en la honda identificación de todos en este ser todos que el autor plantea para después llegar a la violenta simpleza de formas de vida primitivas que atacan el bien de la existencia, seres sin tiempo que absorben la sangre de los sueños, incluso de los que están por llegar. Cuánta actualidad hay en estos recuerdos…

Finalmente la ceniza, ceniza como resumen que cíclicamente nos remonta al fruto inicial como si mirásemos a través de un negativo la imagen de un espejo donde estamos nosotros reflejados. Y todo tiene sentido entonces aunque, recordando los versos de Valente,  sea ceniza cuanto tengo hasta ahora, cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

Vínculo donde ver la obra Todos somos todos de Miguel Ángel Rosa

https://l.facebook.com/l.php?u=https%3A%2F%2Felespectadorinterior.jimdo.com%2Ffotograf%25C3%25ADa%2Ftodos-somos-todos-2017%2F&h=AT3jCq71imNK5ilryBcdobPzu7Ogu_4sq5YDRZIVgEPJ-WKUEGj3iT_mpUokitBATB46JRNdMmjq1ITf7zciocmohxIr2-EQXkmr4Aj38r4xjzkVsEkEM5VQ2qVr8nEI&s=1

 

Ellos y Nosotros

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Lo leo de nuevo y no lo creo…¡otra novela de la Guerra Civil!…¡otro periodista afamado que gana un jugoso premio literario!…¡otro potentado que preña a la hija del porquero!.. Aquí huele a mendacidad, como diría Newman escayolado. No me hace falta leerlo para saber que es basura, lo sé porque me lo enseñó Pierre Bayard en su Cómo hablar de los libros que no se han leído ,  y es que hay tantas referencias alrededor de estos gachós que me sucede como con los discos de Bisbal: no necesito perder mi tiempo con ellos para saber que son basura.

No es este un escrito contra los periodistas, de hecho algunos de los mejores escritores de la literatura universal vienen de dicho oficio; sino un grito contra la gran CORRUPCIÓN que viven los premios literarios de cierto calado editorial o económico. Siempre la cara conocida se impone, siempre el columnista o presentadora de turno con su títulos idénticos. Ya todo es una telenovela de TVE tamizada por la siesta infinita de la estupidez.

Hace un año ya que castré a mi perro, se le complicó la operación con unas piedras en la uretra y tuvieron que extirparle los testículos. Pues bien, hay más literatura en los cojones perdidos de mi perro que en esta gentuza que recibe un premio incluso antes de haber escrito el libro, con todo pactado y premeditado. Después, esos mismos que participan en el circo, se tiran de los pelos púbicos en sus articulines denunciando la corrupción de nuestros políticos…si es que hay que ser mamona.

¿Y qué nos queda a los demás? ¿Seguir gastando dinero en fotocopias y hacer interminables colas en las oficinas de Correos? Me temo que tendrá que ser así en honor a las honrosas excepciones que aún quedan, pero esto desgasta mucho…y quien se dé por aludido que me guarde el turno en esta estafeta en la que me hallo con seis manuscritos envueltos en un edredón y que me pague los euritos del envío a ninguna parte. Tengo el número 114 y solo va por el 56, me estoy meando y he perdido la ilusión por esto, por bailarles el agüita. Pero lo que no he perdido ni perderé es la necesidad de escribir…escribir de verdad, afortunadamente , es algo que esta caterva no podrá alcanzar jamás por más que jueguen a ser como NOSOTROS…

Sobre “Diario previo de un asesino confeso” de Paco Huelva

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La novela Diario previo de un asesino confeso (Ediciones En Huida) obra de Paco Huelva (Almonte, 1956), llegó a mi buzón de correos el pasado mes de abril por gentileza del editor Martín Lucía y desde entonces hasta hoy no dejo de agradecer tal regalo. Dividida en treinta y seis capítulos, constituye uno de esos libros que uno quisiera estar todo el tiempo subrayando o doblando las esquinas de sus páginas para releer y extraer sus abundantes y brillantes reflexiones.
Para quien escribe, leer una novela actual que no trate de la Guerra Civil ya es mucho, y si además es una buena obra (como es el caso), pues miel sobre hojuelas. Podría decir que se trata de una especie de ensayo-ficción, ese género (o subgénero) que, a pesar de sus muchos detractores, tanto bien ha hecho a la literatura y que con tanto talento cultiva, por ejemplo, Enrique Vila-Matas (nunca dejaré de recomendar su Dietario voluble o su Doctor Pasavento). Pero en el caso de Paco Huelva, a diferencia del genio catalán, hay un aire humorístico narrativo propio del mejor Mendoza (me refiero al Mendoza de El misterio de la cripta embrujada o Sin noticias de Gurb) o de Muñoz Molina en Los misterios de Madrid. Esa buena dosis de humor abatido y, por ende, humano hacen al lector sentir un profundo cariño hacia su protagonista, que compra un cuaderno de pastas duras y negras NOTE BOOK y decide empezar a escribir hasta llenarlo de palabras. Un aspirante a escritor que pretende amoldarse al espacio, como si de un artista plástico se tratara, hecho que me hace recordar al singular Robert Walser, quien dicen que escribía historias de diferente duración en función del papel que tuviese a mano.
El aspirante a escritor desventurado que construye Huelva, por diversos motivos que no destriparé aquí, emprende la huida (ese horizonte necesario que nos salva del espejismo que hemos dado en llamar “realidad”), y esa huida es un viaje que, gracias a Louis-Ferdinand Céline, sabemos que lleva siempre hacia el fin de la noche. Porque somos, como nos dice la obra, un ínfimo elemento perecedero que se convertirá en otra cosa, y en otra, y en otra… ¿A qué vienen entonces tantas molestias, tantos requerimientos y tanta hostia? Y en ese viaje, el autor logra introducir todo un ensayo sobre la creación literaria, haciendo que autores del pasado a los que todos admiramos nos regalen alguna valiosa lección, como la de Cervantes, que aconseja a nuestro antihéroe (y a todos) que cuando empiece a leer un libro, si a las veinte páginas no queda asombrado, tómese la molestia de quemarlo. Les ahorrará a otras personas tener que perder el tiempo. Tal vez se leería más en nuestros días si el mundo editorial siguiera este consejo, pero como se destila en el propio libro la vida es un gran manicomio ilegal nunca reconocido como tal porque no les interesa a los jefecillos tribales. Si así se hiciera, las facciones en liza perderían los clientes que conforman sus enormes y absurdos ejércitos compuestos de ignorantes y despistados acólitos.
Conforme las páginas avanzan el espacio donde sobrevivir se agota, y es ahí donde la maestría narradora de Paco Huelva se hace fuerte, como si de un boxeador contra las cuerdas se tratara logra salir victorioso de una lucha que el narrador libra contra sí mismo y logra una confusión entre el narrador y el autor que es el punto más brillante de esta novela: la destrucción del espacio narrativo en la confusión entre narrador y escritor. La locura como salvoconducto metodológico; el conflicto como inspiración, como problema y, a la vez, como solución; equivocarse en la vida es necesario para la vida, Nietzsche lo dijo y el autor de este Diario nos lo recuerda. Y así, esa aparente limitación del espacio se transforma finalmente en una eliminación de fronteras, porque el texto logra saltar del papel hacia nuestro pensamiento, colonizando así con su voz las regiones sin tiempo de nuestras adormecidas conciencias con la humana pretensión de salvarnos.

Isaac Páez (mayo 2018)

 

Sobre “Tres mil viajes al sur” de Manuel Machuca

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Siempre que me topo con un libro (independientemente del género) cuyo título comienza con la palabra viaje o derivada, siento una predisposición especial hacia aquellos que se alejan del viaje físico y se inclinan hacia la peregrinación mental. «Viajar es perder ciudades», dijo acertadamente Enrique Vila-Matas, y así, en los Tres mil viajes al sur (Editorial Anantes, 2016) de Manuel Machuca, novela que fue finalista del Premio Ateneo de novela (2015), el viaje es un proceso de pérdida en la geografía vital de sus personajes. Que sean precisamente tres mil los viajes, es una clara referencia al barrio sevillano que, de manera real o imaginaria (eso poco importa), ha servido al autor como inspiración y espacio para sus personajes. Al igual que cuando vemos Los cuatrocientos golpes de Truffaut, el número puede parecer un recurso hiperbólico, pero según avanzamos en la historia, somos conscientes de que podría añadirse incluso algún dígito más. Por otra parte, la palabra sur señala la ubicación de los desfavorecidos, la cloaca donde el norte descarga sus miserias.

Cuando escribo sobre alguna novela que he leído, pienso en los potenciales lectores que pueden preguntarse por qué leerla. En el caso de esta obra lo tengo muy claro: Tres mil viajes al sur es una novela sobre la enorme brecha que supura vergüenza y pone en jaque la dignidad de nuestras amadas democracias occidentales. Las vías del tren que continuamente se citan en el texto sirven para simbolizar los dos mundos que habitan la ciudad (todos sabemos de qué ciudad se trata) y que a la vez es todas las ciudades, porque esa brecha es la herida que nunca acaba de cerrarse en cualquier lugar del planeta: la desigualdad necesaria para que los de arriba sigan siendo los de arriba. Puede parecer simple dividir la sociedad en términos bipolares, pero quien niegue que aquello que hemos dado en llamar Primer Mundo alberga a un segundo, un tercero y hasta un cuarto mundo bajo su propio felpudo; entonces, quien rechace esto, puede pensar en dedicarse a la política, pues tiene esa ceguera selectiva que poseen los dotados para tal oficio. Thoreau dijo: «Aquel que está más en lo justo que sus vecinos constituye ya una mayoría de uno», y Manuel Machuca logra, con esta novela, posicionarse como voz mayoritaria por justa.

La obra se estructura a través de cuatro mujeres que se conectan a través de encuentros argumentales, detalles de alta simbología y por la lógica de lo narrado (para quien les habla, el abrigo de Josefa constituye el recurso más bello de este libro). El autor logra un entramado de historias principales y secundarias que alcanzan eso tan importante que debe suceder cuando leemos un libro, que es el preguntarnos continuamente qué va a pasar. Y ésta es la gran cualidad del libro, pues sabe llevar al lector. Denuncia, pero no alecciona (cosa que es de agradecer). Es por tanto, una novela humana, que no exclusivamente social. Y no quisiera dejar de destacar algo capital en este libro: está escrito por un hombre, pero hablan mujeres. Hay tantas novelas (que no citaré aquí por cortesía) en las que nos dicen que la protagonista es una mujer, pero uno no ve a esa mujer más que en la fotografía de la portada. Y que nadie tome esto por el tan de moda llamado sexismo, pues no hay nada más represor que tratar de eliminar la belleza de lo que nos diferencia. Si no me creen, lean (si no lo han hecho ya) Cinco horas con Mario y verán cómo Delibes, al igual que ya hiciera Flaubert, sí supo ser mujer.

Y dentro de la brecha anteriormente nombrada logra colarse la luz, esa luz que nos hacer creer a pesar de todo. Como en La peste de Camus, nos encontramos ante una cárcel a cielo abierto, y son muchas prisiones como así las que existen, pero Machuca nos da razones para creer en la dignidad. Louis-Ferdinand Céline dijo: «Los peores verdugos son aquellos que muestran compasión», y de esos hay algunos en esta obra, como el director de instituto que, como tantas veces sucede en la vida real, ha olvidado la función esencial de la Educación, que no es otra que estar de parte de los débiles. Pero también hay bondad, fraternidad y amor. En este aspecto, el personaje de Alberta es (en mi opinión) el que logra una mayor reconciliación con nuestros prójimos, esos que tantas veces, usando el neologismo de Benedetti, nos parecen léjimos.

Tomando como reflexión final la hermosa frase Dios debe de ser un delfín, que sirve de título para uno de sus capítulos, la próxima vez que me encuentre con algún africano vendiendo cedés piratas, con una gitana que me ofrece romero o con un chatarrero arrastrando torpemente su carrito, pensaré que deben ser los protagonistas de uno de esos Tres mil viajes al sur que en forma de novela nos ha regalado Manuel Machuca.

Reseña de Nowhere Man por Manuel Machuca

A veces uno escribe por empuje, como si todo fluyese sencillo, y cuando escucha lo que ha supuesto su obra para los demás es cuando se da verdadera cuenta de qué pretendía escribir. Algo así he sentido yo al leer esta reseña de Manuel Machuca, antes tenía cierta dificultad al intentar explicar de qué hablo en esta novela…ahora ya lo tengo más claro. Gracias, Manuel

Reseña completa . Pinche aquí

 

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